Estamos enfermos. A la vez que somos capaces de fabricar tejidos humanos, células madre y corazones artificiales, millones de personas siguen muriendo cada semana por enfermedades prevenibles y fácilmente tratables como el sida, la tuberculosis, la diarrea o el sarampión. El diagnóstico es claro: la riqueza y la ciencia no están ayudando a acabar con el sufrimiento, al menos en el Sur. Son muchos los males y los síntomas que nos aquejan: la salud se ha convertido en una mercancía que se compra y se vende en el libre mercado, las farmacéuticas se convierten en grandes imperios económicos mientras racanean sus patentes a la mitad de la población mundial, se ha olvidado la atención primaria, en muchos países la privatización de servicios de agua tiene unos efectos trágicos para la salud pública, y las epidemias cobran fuerza en lugar de ceder terreno. En un mundo globalizado, plagado de refugiados, de migraciones y de viajes de placer, cualquier virus puede dar seis veces la vuelta al mundo mientras se incuba. Aun con este cuadro médico, no todo está perdido. Una luz de optimismo es posible porque existe la receta: justicia social y universalidad de los derechos humanos.