Finalmente llegué al fondo. Ahí estaba mi amor, atrapado entre algas, con la piel más blanca que la nieve, los labios más azules que el cielo, los ojos muy abiertos y más negros que el espacio exterior. Sus rizos oscuros se mecían de un lado a otro frente a su, alguna vez, cara perfecta. Tenía la mirada fija, perdida hacia el frente. Entonces, un cangrejo salió caminando de entre sus labios. Traté de nadar hacia la superficie, pero me tomó del pie. La presión de su mano era tan fuerte que la sentía hasta el hueso. Ahí permanecí atrapada, hasta que unos pececillos comenzaron a comerse mi piel y a devorar mis ojos.