El joven Tarzán era muy distinto a sus compañeros de juegos y a los grandes monos con los que convivía. La tribu llevaba una existencia sencilla, salvaje y primitiva cuyas actividades se reducían primordialmente a morir y matar. Pero a Tarzán le animaba ese deseo de saber cosas nuevas, propio de los chicos normales. Con gran esfuerzo, por sí solo, había aprendido a leer en los libros que dejó su difunto padre. Ahora aplicaba esos conocimientos autodidactas a su mundo. Consideraba cuanto tenía a su alrededor como fuente de los sueños y punto de partida desde el que acceder al encuentro de Dios. Buscaba el amor y el afecto que todo ser humano necesita. Pero estaba solo en sus esfuerzos por crecer, desarrollarse y comprender. Y en la vida de la jungla no había lugar para abstracciones.