Venecia es una de las más hermosas ciudades europeas, y yo la había visitado con frecuencia pero siempre sin detenerme en ella. Cada vez había estado de paso a algún otro sitio y por lo tanto nunca había tenido tiempo para explorarla adecuadamente. De modo que un cálido verano en que, por haber estado trabajando duramente, me sentía fatigado y necesitado de un cambio, decidí ir a pasar una semana allí con el objeto de descansar y conocer la ciudad. Tenía la impresión de que unas tranquilas vacaciones en un marco como Venecia era exactamente lo que me hacía falta. Rara vez he lamentado más una decisión, de haber sabido lo que iba a ocurrirme habría volado a Nueva York, o a Buenos Aires o a Singapur, antes de poner en aquélla, la más fina y elegante de las ciudades. El accidental encuentro en Venecia con una antigua relación amorosa precipita unas tranquilas vacaciones en una vorágine de maquinaciones románticas. Este cuento se escribió para contribuir al sueño de Gerald Durrell de salvar animales de la extinción.