Quien considere atentamente el período que abarca los años 1821 a 1831, notará una de aquellas épocas de transición, precursoras de un nuevo orden de cosas en el curso de la historia moderna. El violento estallido de la revolución francesa y luego la hegemonía napoleónica en gran parte de Europa, alteraron profundamente los caracteres de la sociedad de los siglos anteriores. La caída de Napoleón y los sucesos de los años siguientes hicieron creer tal vez a algunos contemporáneos que se había restablecido el antiguo orden, pero en realidad había empezado ya una nueva época histórica, aunque no tuviese aún definidos sus rasgos peculiares. Sin entrar a discutir cuáles sean los elementos qwue pudieran ser considerados como los típicos de la nueva época, debemos señalar uno, que a nuestro parecer, resume bastante bien a los otros y en que todo caso puede ser considerado como la clave para una diagnosis de los tiempos nuevos: el debilitamiento de España y la fragmentación de su imperio en América. No nos referimos únicamente a aquella decadencia militar y económica, sino sobre todo a la desaparición de la idea que había presidido a la formación de su poderío, es saber, el sentido de la defensa de la cristiandad y la propagación de la fe católica.