Uno de los rasgos característicos del último cuarto de siglo en España fue la mutación institucional. El retorno a la democracia estuvo acompañado de varias iniciativas liberalizadoras: apertura al exterior, otorgamiento de independencia al banco emisor, entrada en la Unión Europea (UE) -entonces Comunidad Económica Europea (CEE)- con la asunción del acervo comunitario y un largo etcétera que culmina con la adopción de la moneda única y la recomposición de las herramientas de política económica. En este periplo se sucedieron gobiernos de signo diferente que trabajaron con prioridades cambiantes y con sensibilidades desiguales respecto a las respuestas que dar a las exigencias y dificultades de cada momento. A lo largo de estos años el ciclo económico se relacionó estrechamente con el de la UE, situándose en la misma fase, si bien con fluctuaciones más intensas que permitieron el acercamiento en términos de renta per cápita en los momentos de auge, pero que obligaron a ajustes enérgicos en los momentos de recesión o crecimiento débil (v. gráfico n.? 1). La relación tan estrecha se explica por la intensidad de las relaciones económicas, que pueden ilustrarse con las cifras del comercio exterior.